Nuevamente me encuentro en los tribunales con Isabel P. demandando a Luis y al vernos me dice enfáticamente: “Reconozco que he vuelto inútil a Luis por el problema crónico que tenemos las mujeres de solucionar todo en nuestros hogares, pero he decidido demandar a mi esposo, sobre la llamada ‘cláusula secreta’ que existe en los contratos matrimoniales“.
“¿Cláusula secreta?”– le pregunta Luis, su esposo, medio molesto desde el final del pasillo “el matrimonio es claro como el agua, cuando uno se casa sabe lo que cada uno tiene que hacer y listo.”
“Al contrario” — le responde la impaciente Isabel P.: “Es por eso que te estoy demandando porque quiero ayudar a las mujeres a conocer sobre la existencia de una ‘cláusula secreta’ que aparece durante el matrimonio y no quiero que se sorprendan tal y como me sorprendí yo cuando la encontré.”
Durante el juicio y, para probar su demanda, Isabel P., presentó como testigos a su mamá, la abuela materna, la tía y a una amiga.
El testimonio de la abuelita fue corto, debido a la edad, pero su respuesta fue clara y concisa: “Por años he visto como mi esposo, cuando no le gusta lo que le cocino, se levanta de la mesa molesto porqué para él eso no no es comida, y estoy aquí porque no sé en que parte del acta de matrimonio dice que las esposas tenemos que preparar deliciosos platos todos los días.”
La abuelita se retira del banco de testigos refunfuñando “Eso, eso es culpa de la bendita cláusula secreta en el acta de matrimonio”.
El testimonio de la madre fue largo y lleno de muchos detalles, pero el más interesante fue la historia del “esposo enfermo” porque cada vez que su esposo se enferma, la esposa, es la que tiene que pedir la cita médica y explicar los síntomas de lo que siente el esposo al médico. Pero cuando ella se enferma, su esposo no hace lo mismo. En otras palabras, la cláusula secreta de su matrimonio entre líneas dice: “si yo me enfermo tu llamas al médico, y si tu te enfermas, tu llamas.”
El testimonio de la tía, por el contrario, fue divertido y habló de la “cesta”. Para la tía, la “cláusula secreta” ocurre cuando ella lava la ropa, la coloca en una cesta y su esposo no la ayuda a guardarla. Si ella no la guarda, la cesta llena con la ropa limpia pasa días encima de la lavadora esperando que sea desocupada, mientras la ropa limpia se llena de polvo.
Al momento de declarar la amiga, todos estábamos agotados, pero su testimonio nos hizo reflexionar sobre cómo la “cláusula secreta” está arraigada en nuestra cultura. Todas nos miramos, cuando desde su banco de testigo, preguntó:
“¿Cuántas de nosotras estamos haciendo lo mismo que hacían nuestras madres con nuestros padres? Cuidando al esposo y resolviendo todo en el hogar. ¿Dónde dice que todos los quehaceres del hogar les corresponden hacerlos a las esposas?”
El juez, todavía sin entender la demanda, pidió a la demandante copia de su contrato matrimonial.
Isabel P. con una lupa se levantó de la silla, se acercó al juez y le entregó la copia del contrato matrimonial junto con la lupa. El juez tomó la lupa, leyó en silencio por un largo rato, respiró profundo y después de hacer una mueca, decidió a favor de la demandante y determinó que la “cláusula secreta en el matrimonio” no era tan secreta y que de verdad existía en el contrato matrimonial.
Esta demanda es ficticia, pero es divertido saber que cada una de nosotras tiene una historia de la “cláusula secreta” en los matrimonios en Latinoamérica.
