Sentadas a la orilla de las bellísimas playas de Morrocoy, al noroeste de Venezuela, un grupo de amigas disfrutábamos, bajo unas largas y esbeltas palmeras, el maravilloso sol que nos calentaba desde lo alto del cristalino cielo azul.

¨En las playas definitivamente el mundo se ve desde otra perspectiva¨ – les decía a mis amigas mientras me acomodaba mi traje de baño de faldita, que seguramente sólo esta de moda en Cincinnati y me colocaba más crema protectora debajo de mi gran sombrero de paja. – ¨Nos sentimos contemporáneas, inteligentes y con una visión diferente de la vida.¨

¨¡Claro Lorena!¨ – me dijo una amiga con una gran sonrisa – ¨pero la realidad es que cuando regresamos a casa perdemos esa mágica sensación de contemporaneidad, de libertad y de independencia que todas sentimos en la playa para caer en la rutina que nos envuelve y que nos asfixia¨.

Sonreí por su comentario mientras la trataba de ubicar detrás de mis grandes gafas de sol, del sombrero y de la gigantesca sombrilla que celosamente me protegían del ardiente sol.

¨Si tienes razón¨ – le comenté – ¨sería bueno que nos lleváramos unas cuantas palmeras, un montón de arena y una grabación del sonido del mar para que nos mantenga con el espirítu y fuerza de la mujer actual y luchadora.¨

Con esa sensación de contemporaneidad me sentía súper feliz en la playa y lo mejor de todo, es que podía respirar profundamente el aire del mar sin el temor que estallara algún botón de mi pantalón. Valió la pena estar a dieta, pensé, ya que todo me queda bien.

Ahí sentada al orilla del mar, me sentía como una chica vibrante y moderna, con claros objetivos en mi vida y con una seguridad que sólo lo logra la mujer que ha luchado sin darse por vencida.

Me levanté, me quité mi enorme sombrero y decidí enfrentar el mar con la fuerza que me inspiraba sus fuertes olas. Me metí en el tibio mar Caribe y de pronto, por estar viendo como una chica vestida muy a la moda con un traje de baño hilo dental, me llegó una ola enorme me revolcó en la arena, me hizo tragar agua y me mandó al fondo del mar. A regañadientes salí del mar sin la horrible faldita de Cincinnati y con la sensación de haber sido castigada por darme de muy contemporánea.

¨¡Pamplinas!¨ – murmuré refunfuñando – mientras me quitaba la arena, me ponía nuevamente la faldita, el enorme sombrero, el protector solar y colocaba la sombrilla con la sensación de haber descubierto que me estoy poniéndome vieja.

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