Dedicado a mi amiga periodista que persiste que debo seguir escribiendo porque no somos cincuenta mil sino cincuenta millones.

La pasada semana tuve la oportunidad de participar en una conversación sobre el estado actual de los medios de comunicación.

Periodistas invitados compartieron sus diferentes perspectivas de los cambios que debe hacerse para democratizar o radicalizar los medios de comunicación. Dos visiones completamente opuestas, pero sustentadas con estudios de investigación y evaluación del problema, en fin todo lo que hace los letrados para sostener y debatir sus ideas o puntos de vista. Fiel a lo que soy y a lo que creo, no obstante recordando las palabras de una gran amiga que siempre me dice: ¨Tu problema es que los medios te ven como una hormiga.”  Pero como mujer que controla todo, decidí hablar sobre los medios de comunicación hispanos con el periodista invitado que representaba el polo opuesto, algo así como el Yin de la presentación.

¨Necesitamos¨– le dije, sonando como esos abogados mediadores que tratan de solucionar un conflicto que no se ha podido solucionar a través del diálogo – ¨comunicarnos más. No podemos seguir separados como si nuestros intereses fuesen opuestos, puesto que al final tenemos el mismo fin de informar a una sociedad que necesita estar informada. El desempleo, el alto costo de la vida, educación, seguros de salud y, vivienda, son algunos de los temas que tenemos en común, pero, ¿por qué estar separados si estamos informando lo mismo?¨

El profesor Yin escuchó mi apasionado argumento, pero lo único que salió de su boca fue: ¨¿De dónde eres?¨ Sorprendida le respondí: ¨Soy nativa de Venezuela, tengo casi 20 años en los Estados Unidos y como editora de un sitio que tiene seis años informando, me preocupa que nosotros como medio de comunicación estemos tan incomunicados.¨

Me miró otra vez y me preguntó: ¨¿Qué piensas de Chávez?¨ – le respondí su pregunta, pero aproveché para recordarle que los medios de comunicación hispanos están en manos de dos corporaciones que están miopes porque cubren las noticias como si la población hispana fuera cincuenta mil y no cincuenta millones.

Para mi sorpresa el profesor Yin me preguntó que opinaba del candidato de la oposición venezolana. Una vez más le respondí como toda una experta en la materia, pero me di cuenta que no me había visto como una hormiga sino como una mujer con acento y lamentablemente no pudo ver más allá de mi acento.

Sorprendida me despedí hablando de las elecciones venezolanas, pero sin una respuesta clara de cómo podemos trabajar para democratizar los medios de comunicación y hacerlos más accesibles a todos.

Estupefacta, pero bajo control absoluto de mis emociones, decidí acudir al profesor de periodismo Yang, el que quiere cambios radicales en los medios de comunicación. Muy amable hablamos de su esposa hispana y de la importancia de enseñar a nuestros hijos español.  Todo iba bien hasta que se me ocurrió abrir la boca y hablar de la importancia de empezar a trabajar juntos y aprovechar la democratización que ofrecen los medios sociales para que, de esa forma, podamos fortalecer nuestro liderazgo y poder colectivo.

Me miró, tal vez porque no era algo nuevo o porque no era algo tan radical como pensaba.

De pronto perdí el control de mi ojo derecho y una lágrima perdida brotó descontroladamente. Honestamente yo pensaba que era la lente de contacto, pero en realidad es que me di cuenta que el problema es que nosotros, como medio de comunicación, no queremos ni mediar ni ser un medio democrático y lo que vemos y escuchamos depende de quien lo controle.

Me despedí no pensando que era hormiga, que mi voz tiene más peso que mi acento y que mis ideas son las reflexiones del verdadero sentir y parecer de la comunidad.

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