Deberías escribir sobre Pedro, me dijo una amiga mientras me recomendaba su última receta para sacar a ese inquilino indeseado que empieza por R (recesión económica) y que todos saben quién es, pero el que nadie quiere nombrar porque se ha instalado irremediablemente en nuestras hogares.

¨¿Pedro?¨ –Le respondí asombrada- “Pero,  ¿qué puedo yo escribir sobre Pedro?

Mi amiga con una medio mueca me respondió: “Sí, tu admirado Pedro Bond. Ya lo verás.¨

De regreso a mi casa no dejaba de pensar en Pedro. Un hombre con su apellido de alcurnia y al que yo tímidamente lo llamo Pedro Bond. 

Para mi,  Pedro es el hermano perdido de Bond. Un hombre alto, de ojos grandes, cejas gruesas, espalda ancha y con ese caminar tan único y seguro, como si tuviera control del mundo. .

Su esposa, de igual forma,  es una mujer glamorosa, con unas piernas que le llegan hasta el cuello y con el cabello liso y suave, como los que muestra una propaganda de champú. Aunque, conozco su nombre, sin embargo, yo simplemente la llamo la Chica Bond.

Pedro y su Chica Bond son personas adineradas que siempre están al grito de la moda y sus conversaciones siempre versan sobre viajes y elegantes fiestas.

¨Pero, ¿qué puedo escribir de un hombre que lo tiene todo?¨ – dije en tono triste.

Esta semana, para mi sorpresa, encontré a Pedro Bond y su Chica Bond mientras estaba haciendo compras en el mercado.  De pronto aparecieron y del susto, casi se me cae la lista de compras que celosamente me tiene atada al presupuesto semanal.

Mientras me recuperaba, tuve la oportunidad de ver si tenía puesto el pantalón que me hacía lucir elegante y la camisa que aunque viejita, me salva de momentos como éste.

De reojo pude ver el por qué mi amiga quería que escribiera sobre Pedro.

La Chica Bond se veía pálida y sin una gota de maquillaje, pero su esposo, el Pedro Bond, el perfecto Pedro como le llama mi esposo… sencillamente se encogió.

Parecía que lo habían metido en la secadora de ropa sin haber leído las instrucciones en las etiquetas; no más altura ni hombros anchos, ni cejas gruesas ni mirada segura, en otras palabras, no más Bond.

Como toda mujer que a veces no piensa antes de hablar, les pregunte medio asombrada: ¨Pero, ¿qué les pasó?¨

Con una sonrisa nerviosa me respondieron y sólo recuerdo haber escuchado inversiones en bienes raíces, mercado bursátil y pérdida de empleo.

Yo con mi manía de dar discursos solemnes y viendo que Pedro Bond y la Chica Bond eran otras víctimas de la recesión les dije – mientras sostenía fuertemente mi lista de compras como si fueran las instrucciones para navegar durante estos malos tiempos –  “Bienvenidos a la recesión global.”

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* Los personajes de esta historia son ficticios cualquier semejanza con la realidad es pura coincidencia.

Artículo publicado en la extinta Mujer Latina Blog el 5 de diciembre del 2008

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