Por Sally Ochoa

A Montserrat Rivera se le murió el amor por su marido el mismo día de la boda, pero no se dio cuenta hasta 20 años después, cuando un buen día se encontró a sí misma levantando con desgano la tapa del ataúd donde yacía el cuerpo rechoncho de Martín y no sintió dolor, calor o frío; ni congoja, ni pena, ni desesperación; más bien un fresco alivio que le recorrió la entraña, aun dispuesta a seguir viviendo.

Ese día se permitió verlo tal cual era: amargo, inaccesible e impenetrable; hastiado de la vida aun en la muerte, con el entrecejo más fruncido que en sus peores momentos y con las manos más frías  que en aquellas noches cuando le recorrían el cuerpo con un deseo animal carente de amor.

Fijó la mirada en el rostro por un momento y  no encontró nada en él que le fuera entrañable, por el contrario, le repugnó cada rasgo tosco que de memoria sabía, cada poro abierto de su piel grasosa y cada idea que por su cabeza de puerco espín había cruzado en esos años. Le repugnó imaginarlo gozando de su cuerpo y descargando en ella, en ese interior violentado por sus ansias, sus secreciones estériles.

Bajó la tapa del ataúd y lo dejó para siempre. Respiró hondo, se quitó el velo oscuro de la cabeza y se fue a la calle a caminar sin prisa bajo la llovizna gris que se cernía sobre la ciudad.

Le dio la espalda al mundo que padeció durante 40 años, primero con su padre y  después con su marido; se cortó los cabellos  grises eternamente trenzados, los tiñó de rojo y los dejó al viento, quemó la ropa vieja, los calcetines del difunto y los zapatos que le ahogaban los pies como una horca. Echó a la calle al gran danés  que odiaba porque le recordaba a su amo y vendió la casa con sus  puertas de hierro y sus ventanas cerradas; sus paredes grises y aquel tufo que merodeaba por los rincones de día y de noche amenazando pegársele a la piel como una sanguijuela.

Después compró una cabaña en el campo, con muebles rústicos y paredes con olor a madera y una terraza rodeada de flores donde se sienta,  todas las tardes,  acompañada solo por sus alpargatas. También se consiguió un amante que la visita únicamente en esos días del mes cuando se siente sola y mira a la luna y la encuentra vacía y pálida y triste y malhumorada. Afortunadamente para ella, son pocos los momentos en que la luna de sus 45 años tiene estos malestares, el resto del tiempo, juega con las sombras de los pinos, se pasea desnuda por la casa y escribe las historias que sueña por las noches o que descubre en las alas de las mariposas, en las gotas de lluvia o en los rayos del sol que ahora le calientan el alma.

Copyright © Sally Ochoa Sánchez — All Rights Reserved – Todos los Derechos Reservados. Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta publicación. Publicado con permiso de la autora y de la editorial.

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