Otro año más de voluntaria en la escenificicación del vía crucis de la iglesia hispana local y entre sollozos, soldados y apóstoles, he podido ser parte de un evento que une a la rica y variada comunidad hispana de Cincinnati.

Como en los últimos tres años lo único que me ha tocado hacer es llorar, se me ocurrió la gran idea de preguntar a la encargada de organizar el vía crucis,  que como mujer que siempre tiene algo que decir, consideraba que no era suficiente llorar, sino que también era importante decir algo ante tanta injusticia y dolor.

La encargada con su altavoz en la mano me miró impacientemente y me respondió: Este año eres María y lo que único que tienes que hacer es llorar y no decir nada.

Los soldados romanos y los apóstoles escucharon mi comentario y me miraron con esas miradas que paralizan a cualquiera y en silencio me puse mi manto y empecé a llorar.

Pero en vez de llorar decidí reflexionar que no se podía hacer o decir mucho sobre el sufrimiento de María, pero que era importante saber que las mujeres de hoy no podemos estar calladas ni ser indiferentes ante las injusticias que vemos en nuestro entorno.

Lamentablemente recordé los rostros de las mujeres que he visto, y que aunque están deseosas de compartir su dolor, sin embargo prefieren llorar y no decir nada.

Concentrada en lo profundo de mis pensamientos, de pronto escuché una fuerte voz proveniente de un ruidoso altavoz que decia: Lorena: ¡No se escucha tu llanto!

Recuperandome del susto y a regañadientes le respondí:  ¿Dónde uno puede aprender a llorar?

Pero ahí, no muy lejos de mi, en una esquina estaba la silenciosa Maria Magdalena y sin pensarlo dos veces le pregunté si me podía enseñar a llorar sin decir nada.

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