Hay historias reales que merecen ser contadas como una fábula porque se necesita mucha imaginación para entender la moraleja final.

Esta historia tiene un principio lleno de colores: el azul brillante del cielo y del mar caribe, el verde de las montañas de los Andes, el amarillo del sol fuerte que quema, y el rojo naranja de un pequeño Jeep que llevaba todos los veranos a una familia de 8 a cada rincón de Venezuela.

En ese Jeep rojo naranja seguramente rodamos más de 4,000 kilómetros. Era un auto pequeño para una familia grande, pero funcionaba perfectamente porque cada uno de  nosotros tenía asignado un asiento de acuerdo a la edad. Lamentablemente,  yo, como era una de las pequeñas, siempre me tocaba en el asiento del medio sin derecho a una ventana o una puerta, a menos que estuvieramos de regreso de la playa. En esas ocasiones, siempre me tocaba sentarme al frente junto a mis padres porque me había rostizado al sol y mi piel estaba roja como un camarón.  Nadie me podia tocar por el ardor  o porque estaba untada desde los pies hasta las orejas con una pegajosa y blanca crema que me refrescaba las quemaduras.

El montón de maletas iba en el techo en una parrilla protegido con una lona grande verde, pero mi padre  – agricultor, artista plástico y mecánico – siempre llevaba una caja con las herramientas básicas a la hora de hacer reparaciones de emergencia.

Esta caja, en mi opinion muy grande, estaba colocada en la mitad, al pie de nuestros asientos, en un sitio accesible para mi padre, pero incomodo para los 6 hijos que la tenían debajo de sus piernas. Pero así viajamos felices, desplazándonos por los caminos de Venezuela buscando descubrir un mundo que las altas montañas andinas no nos permitía ver.

caja-de-herramientasEl Jeep tenía sus mañas y se dañaba en los momentos menos esperados. Mi padre pedía silencio para escuchar el origen del sonido y con cuidado buscaba un lugar donde orillarse en la carretera. Así conocimos la furia del sol de los llanos, el frío de los páramos y las lluvias tropicales que, con el efecto del sol, se volvían, rápidamente, baño de vapor en nuestros rostros. Nosotros, allí mojados, ya sea por la lluvia o el calor, escuchabamos pacientemente las instrucciones del experto que se encontraba debajo del auto o sumergido dentro del motor, solicitando en forma directa y segura: destornillador, alicate, llaves de tuercas, la octava, la de tres cuartos y, como última estancia, el martillo.

Esta historia la comparto porque para el día de acción de gracias mi esposo y yo manejamos más de 4,000 millas para visitar a nuestra hija que se encuentra en el oeste de los Estados Unidos.  Paul, mi esposo — ingeniero mecánico de profesión, artista y con una capacidad de encontrar la solución a todo lo imposible —  en este viaje llevaba una caja de herramientas, comparativamente más pequeña que la que tenia mi padre.

El viaje hacia al oeste fue largo y, aunque encontramos nieve, lluvias congeladas y días fríos, no tuvimos desperfectos mecánicos que mereciera usar las herramientas que estaban dentro de la estilizada caja colocada perfectamente en la maletera del auto.

Llegamos a buscar a nuestra hija, y después de los saludos respectivos, subimos su enorme maleta al auto y nos fuimos rumbo a las montañas rocallosas de Colorado.

Entre risas conocimos sus historias como estudiante en un ¨college,¨ pero también aprendimos sobre los retos y el estrés que, seguramente tal y como ella, viven muchos jóvenes que se están preparando a enfrentar el competitivo mundo laboral.

Las historias de mi hija empezaron a tomar un rumbo emocional y, de pronto, pedí un silencio parecido al que solicitaba mi padre porque oía un ruido extraño, un desajuste. Un ruido de fondo que ameritaba orillarnos para proceder a arreglar el sistema de navegación emocional de mi hija.

Metafóricamente, saqué de la caja de herramientas el destornillador y le apreté varios tornillos. Sorprendida vi que en la diminuta caja se encontraba un alicate  —  el mismo que usó el dios griego Hefesto en su herrería –  y pude con su tenaza metálica sujetar piezas al corte ideal para modelar y reconectar el motor de arranque.  Al final, usé un dispositivo de nivelador láser para verificar que sus sueños estaban completamente alineados – léase enfocados – en lograr las metas que todo joven a su edad desea alcanzar.

La moraleja de la historia es: el valor de madre no se demuestra sino cuando se tiene una herramienta en mano. y aquel que necesite un ajuste, aténgase a las consecuencias.

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