Cuento de la periodista, escritora y poeta mexicana  Sally Ochoa Sánchez

En un pueblo viejo de calles angostas y suelos empedrados nació Minerva, la de las manos frías. Llegó a este mundo en Diciembre, al mediodía del quince, con la primera nieve del año. No respiró al instante, quizá por eso su piel tomó el color morado de las violetas silvestres que le acompañó el resto de sus días. Tenía el cabello blanco, como un halo de luz que en el día se confundía con el reflejo de los rayos del sol  al atardecer causando daño a los ojos que se atrevían a mirarla, pero por las noches le iluminaba el rostro violáceo dándole un aire divino.

Desde pequeña Minerva fue de pocas palabras y menos amigos; se le encontraba sola en  el campo, en el rincón más apartado de la cocina o contando historias a los ratones que la rondaban en el  ático de su casa. Siempre sola. Relacionarse con los demás no era su fuerte ni su prioridad al igual que no lo era del mundo que la rodeaba. Hablaba poco, solo lo necesario para entender y entenderse más con los animales que con las personas, que le huían porque temían caer en el hechizo de su resplandor eterno.

En el día evitaba salir de casa porque el sol le quemaba su piel delgada, casi transparente; por las noches, cuando la luna era grande y redonda, vagaba por los cien  jardines que tenía alrededor, de flores y aromas distintas cada uno de ellos. Corría hasta el cansancio entre los verdes laberintos jugando a las escondidillas con su sombra, luego se sentaba en el pasto humedecido por el rocío nocturno a tejer historias de reyes y dragones con las ramas diminutas que terminaban muertas entre sus dedos a causa de su extrema frialdad. A veces, la luz del alba la sorprendía tendida en la banca del kiosco, con los ojos aun abiertos y el alma obnubilada por el nuevo día.

Nadie se preguntaba porque Minerva pasaba las noches en vela; si era porque no podía dormir o porque ella no lo deseaba o si había algo en la oscuridad que la arrastraba a mantenerse alerta. Nadie tampoco conocía sus sueños o sus pesadillas si es que alguno de los dos era posible. Nadie, más que ella misma, sabía si estaba viva o en realidad solo transitaba por el mundo como un ser ajeno a todo lo que en su entorno acontecía. Así pasó sus años de niña, hasta que un día de marzo, mientras el viento traía las primeras nubes de la primavera y su cuerpo de adolescente florecía, halló en su camino al lago  unos ojos negros  que se atrevieron a mirarla despacio, con cautela y con menos curiosidad que personal interés, como nadie hasta entonces lo había hecho y, en un segundo, quedó atrapada en aquella mirada. No hubo palabras ni gestos, ni roce de las manos ni humedad en los labios, solo destellos luminosos brotaron de sus ojos y de los de aquel extraño.

Supo que no había escapatoria cuando una urgente necesidad germinó en sus adentros y mientras crecía, en proporción inversa, su frialdad y su fuerza se deterioraban minuto a minuto. El calor fue invadiendo una a una sus células, hinchándole las venas y el alma hasta que sobrevino el desastre. Un maremoto de emociones estalló en el interior de Minerva dejándola cada día más débil hasta el punto de quedar postrada en la cama sin poder articular palabra.

Sudaba amor en su lecho, de día y de noche, y se derretía cuando él miraba hacia la ventana y ella lo sabía y no podía hacer nada para tenerlo cerca, pero tampoco podía alejarse o hacer que se fuera. El viento se convirtió en mensajero único de su pasión, llevando la frialdad de una y el calor de otro a través de los muros y de los días que se empujaban afanosamente queriendo sucederse con dolorosa brevedad. Las hojas del calendario se desangraban lento por el dolor de verla imposibilitada de amor y no fue, sino hasta una mañana de quince, como en su cumpleaños, solo que ahora de junio, cuando los restos de Minerva desaparecieron en un charco de agua fría que bajó desde la ventana, por la pared de piedra de la casona, se enfiló por el campo entre las violetas y el pasto  hasta llegar finalmente al lago donde los ojos negros perdían en el agua la esperanza de tenerla. Eran más hondos y más negros que antes, con más dolor y más desencanto que nunca en ellos.

Entonces se encontraron. Él la halló en las aguas cristalinas del lago, en la brisa helada que se dejaba sentir por las noches, en las gotas de lluvia que se aferraban a los débiles pétalos de las violetas y en los copos de nieve que cada Diciembre caían sin falta en los jardines y cubrían el kiosco, que cerró sus puertas con una enredadera y no permitió jamás la entrada a nadie, excepto a los gorriones, que muy temprano, al despertar el alba, se mecían en las hojas al suave ritmo de una canción de amor entonada por el viento. Ella lo tuvo diario a partir de entonces, abrazándole la tibia piel de sus quebrantos, rozando sus labios carmesí y bebiendo la oscuridad de sus ojos que no pudieron dejar de mirarla jamás.

Copyright © Sally Ochoa Sánchez Todos los Derechos Reservados.  Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta publicación. Publicado con permiso de la autora y de la editorial. 

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