Salón del Este 

9:01 P.M. EDT

EL PRESIDENTE: Compatriotas, esta noche quiero hablarles sobre Siria – por qué es importante y qué camino seguiremos a partir de ahora.

Durante los últimos dos años, lo que comenzó como una serie de protestas pacíficas contra el régimen represivo de Bashar al-Assad se ha convertido en una brutal guerra civil.  Más de 100,000 personas han sido asesinadas y millones han huido del país.  Durante ese tiempo, Estados Unidos ha colaborado con sus aliados para brindar apoyo humanitario, ayudar a la oposición moderada y para forjar una solución política.  Pero me he resistido a los llamados a una acción militar porque no podemos resolver la guerra civil de otra nación por medio de la fuerza, particularmente luego de una década de conflicto armado en Irak y Afganistán.

 

Sin embargo, la situación cambió profundamente el 21 de agosto, cuando el gobierno de Assad mató con gases letales a más de mil personas, entre ellos cientos de niños.  Las imágenes de esta masacre son indignantes.  Hombres, mujeres, y niños que yacían sin vida en hileras luego de haber sido sofocados por gases tóxicos; otros que botaban espuma por la boca, luchando por respirar; un padre suplicándoles a sus hijos muertos que se levantaran y caminaran.  En esa noche horrorosa, el mundo vio en espantoso detalle lo terrible que son las armas químicas y por qué la gran mayoría de la humanidad las ha prohibido, declarando su uso un crimen de lesa humanidad y una transgresión de las leyes que rigen la guerra.

 

No ha sido siempre así.  En la Primera Guerra Mundial, los soldados norteamericanos se contaban entre los miles que murieron a causa de gases letales en las trincheras de Europa.  Durante la Segunda Guerra Mundial, los Nazis hicieron uso de gases tóxicos para perpetrar el horror del Holocausto.  Dado que estas armas pueden matar en gran escala, sin hacer distinción entre soldados y niños, el mundo civilizado ha dedicado un siglo de colaboración para prohibirlas.  Y en 1997, el Senado de EE.UU. aprobó abrumadoramente un acuerdo internacional que condena el uso de armas químicas, al que se han unido ahora otros 189 gobiernos que representan el 98 por ciento de la humanidad.

 

El 21 de agosto, se violaron estas reglas básicas, al igual que nuestro sentido de humanidad común. Nadie disputa que se utilizaron armas químicas en Siria.  El mundo fue testigo de miles de vídeos, fotografías tomadas con teléfonos celulares y recuentos del ataque en los medios sociales; las que organizaciones humanitarias relataron historias de cómo los hospitales estaban llenos de personas que tenia síntomas de haber inhalado gases venenosos.

 

Además, sabemos que el régimen de Assad fue el responsable.  Tenemos conocimiento de que en los días antes del 21 de agosto, el personal a cargo de las armas químicas de Assad se preparó para efectuar un ataque cerca de una zona en la que se mezcla el gas sarín.  Distribuyeron máscaras de gas entre sus tropas.  Luego lanzaron cohetes desde un área controlada por el régimen hacia once vecindarios ocupados por las fuerzas de oposición que el régimen ha estado tratando de eliminar.  Poco después de que esos cohetes hicieran impacto, el gas se propagó y los hospitales se llenaron de heridos y gente agonizante.  Sabemos que los altos mandos del ejército de Assad analizaron los resultados del ataque y que el régimen incrementó el bombardeo de los mismos vecindarios en los próximos días. También hemos analizado muestras de sangre y cabello de personas en el lugar que dieron resultados positivos para el gas sarín.

 

Cuando los dictadores cometen atrocidades, confían en que el mundo mirará hacia otro lado hasta que las imágenes horribles desaparezcan de la memoria. Pero estas cosas sucedieron,  no se pueden negar los hechos. Ahora, la cuestión es qué están dispuestos a hacer al respecto los Estados Unidos de América y la comunidad internacional.  Porque lo que les pasó a esas personas – a esos niños – no es solamente una transgresión del derecho internacional, sino que también es un peligro para nuestra seguridad.

 

Déjenme explicarles por qué. Si no actuamos, el régimen de Assad no verá ninguna razón para abandonar el uso de las armas químicas. A medida que se va socavando la prohibición contra estas armas, otros tiranos no tendrán razón alguna para pensarlo dos veces antes de adquirir gases tóxicos y usarlos. Con el tiempo, nuestras tropas se volverían a enfrentar a la posibilidad de la guerra química en el campo de batalla y les podría ser más fácil a las organizaciones terroristas obtener estas armas y usarlas para atacar a poblaciones civiles.

 

Si la lucha se esparce fuera de las fronteras de Siria, estas armas podrían amenazar a aliados como Turquía, Jordania e Israel. Y no luchar contra el uso de armas químicas debilitaría las prohibiciones contra otras armas de destrucción masiva y podría incentivar al aliado de Assad, Irán, que debe decidir si ignora el derecho internacional al construir un arma nuclear o si toma una senda más pacífica.

 

Ése no es un mundo que debemos aceptar. Es esto lo que está en juego aquí, y es precisamente la razón por la que, luego de una cuidadosa deliberación, la semana pasada decidí que redunda en los intereses de la seguridad nacional de los Estados Unidos responder al uso de armas químicas por parte del régimen de Assad mediante un ataque militar enfocado. El propósito de este ataque sería disuadirle a Assad de usar armas químicas, reducir la capacidad de su régimen para usarlas y dejar en claro ante el mundo entero que no toleraremos su uso.

 

Ésta es mi opinión como Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas;  pero también soy el Presidente de la democracia constitucional más antigua del mundo. Por lo tanto, aunque poseo la autoridad para ordenar ataques militares, consideré que como no existe una amenaza directa ni inminente para nuestra seguridad, lo más correcto era llevar este debate al Congreso.  Creo que nuestra democracia es más sólida cuando el Presidente actúa con el apoyo del Congreso; y también creo que Estados Unidos actúa de manera más eficaz en el exterior cuando estamos unidos.

 

Y esto es particularmente cierto luego de una década en la que se ha facultado al Presidente cada vez más poder para tomar decisiones relativas a la guerra y que se ha colocado un peso cada vez mayor sobre los hombros de nuestras tropas, mientras que se mantenía a los representantes del pueblo fuera de las decisiones cruciales sobre cuándo usamos la fuerza.

 

Ahora bien, sé que después de las terribles pérdidas en Irak y Afganistán, la idea de cualquier acción militar, sin importar cuán limitada sea, no va a ser popular.  Al final de cuentas, me he pasado cuatro años y medio tratando de terminar guerras y no de iniciarlas. Nuestras tropas están fuera de Irak.  Nuestras tropas están en camino de vuelta de Afganistán.  Y sé que todos nosotros en Washington queremos– en particular, yo—que nos concentremos en la tarea de construir nuestra nación aquí, en casa: dándole empleo al pueblo, educando a nuestros hijos y aumentando nuestra clase media.

 

No es de asombrarse entonces que ustedes hagan preguntas difíciles sobre esto. Entonces, permítanme contestar algunas de las preguntas más importantes que me han hecho miembros del Congreso y otras que he leído en cartas que me han enviado ustedes.

 

En primer lugar, muchos de ustedes han preguntado: “¿Acaso esto no nos llevará al borde de otra guerra?”  Un señor me escribió diciendo que “todavía nos estamos recuperando de nuestra participación en Irak”. Un veterano lo expresó de manera más directa aun: “Esta nación está harta de la guerra”.

 

Mi respuesta es sencilla: No voy a mandar a soldados estadounidenses a suelo sirio.  No voy a desencadenar una acción de duración indefinida como en Irak o Afganistán.  No voy a generar una campaña aérea prolongada como en Libia o Kosovo.  Éste sería un ataque con un blanco específico para alcanzar un objetivo claro: impedir el uso de armas químicas, y reducir las capacidades de Assad.

 

Otros han preguntado si vale la pena actuar si no sacamos a Assad del poder.  Como han dicho algunos miembros del Congreso, no vale la pena realizar un ataque que solamente le cause irritación a Siria.

 

Déjenme dejar algo bien claro: las fuerzas armadas de los Estados Unidos no atacan para irritar.  Incluso un ataque limitado le enviará a Assad un mensaje que ninguna otra nación puede hacer.  No creo que debamos sacar del poder a otro dictador por la fuerza – de la experiencia en Irak aprendimos que hacer eso nos hace responsables de todo lo que venga después.  Pero un ataque con una meta específica puede hacer que Assad, o cualquier otro dictador, lo piense dos veces antes de utilizar armas químicas. 

 

Otras preguntas tienen que ver con el peligro de posibles represalias.  Nosotros no hacemos caso omiso de las amenazas que enfrentamos, pero el régimen de Assad no tiene la capacidad de amenazar seriamente a nuestras fuerzas armadas. Cualquier otra represalia que podrían tratar está en consonancia con las amenazas que enfrentamos todos los días.  Ni Assad, ni sus aliados tienen ningún interés en que haya una intensificación que conduzca a su muerte.  No debe haber ninguna duda tampoco de que nuestro aliado, Israel, puede defenderse con una fuerza aplastante, y con el apoyo firme de los Estados Unidos de América.

 

Muchos de ustedes hicieron una pregunta más amplia: ¿por qué debemos involucrarnos en un lugar tan complicado y en el que – como me escribiera una persona – “los que vengan después de Assad podrían ser enemigos de los derechos humanos?”

 

Es cierto que algunos de los adversarios de Assad son extremistas; pero Al Qaeda solamente se volverá más fuerte en una Siria más caótica si la gente ahí ve que el mundo no hace absolutamente nada para impedir que se ataque y mate con gases tóxicos a la población civil. La mayoría del pueblo sirio  — y la oposición siria con la que trabajamos – solamente desea vivir en paz – con dignidad y libertad.  Y al día siguiente de cualquier acción militar, redoblaríamos nuestros esfuerzos para lograr una solución política que fortalezca a aquellos que rechazan las fuerzas de la tiranía y el extremismo

 

Finalmente, muchos de ustedes han preguntado: ¿Por qué no dejar esto en manos de otros países, o buscar soluciones que no requieran el uso de la fuerza? Como varias personas me escribieron – “nosotros no deberíamos ser la policía del mundo”.

 

Estoy de acuerdo, y tengo una profunda preferencia por las soluciones pacíficas. Durante los últimos dos años, mi Administración ha intentado diplomacia y sanciones; advertencias y negociaciones– pero el régimen de Assad siguió usando armas químicas.

 

Sin embargo, en los últimos días,  hemos visto unas señales positivas.  En parte a raíz de la amenaza creíble de acción militar, así como las charlas constructivas que he tenido con el Presidente Putin, el gobierno ruso ha indicado que está preparado para unirse a nosotros y a la comunidad internacional para presionar a Assad a que entregue sus armas químicas.  El régimen de Assad ha admitido que tiene estas armas, incluso han dicho que se uniría al Convenio de Armas Químicas, que prohíbe su uso.

 

Es demasiado pronto para saber si esta propuesta va a tener éxito, y cualquier acuerdo debe incluir verificación de que el régimen de Assad cumpla con sus compromisos. Pero este esfuerzo podría eliminar la amenaza de las armas químicas sin el uso de la fuerza, especialmente porque Rusia es uno de los aliados más fuertes de Assad.

 

Por lo tanto, les he pedido a los líderes del Congreso que pospongan un voto para la autorización  del uso de la fuerza mientras  exploramos esta vía diplomática. Voy a enviar al Secretario de Estado Kerry para que se reúna con su homólogo ruso el jueves, y continuaré mis propias conversaciones con el Presidente Putin. He hablado con los líderes de dos de nuestros aliados más cercanos, Francia y el Reino Unido, y trabajaremos juntos en consulta con Rusia y China para poner en marcha una resolución ante el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas que requiera que Assad entregue sus armas químicas al control internacional y que finalmente las destruyan. Esta iniciativa les dará a los inspectores de las Naciones Unidas la oportunidad de informar sus hallazgos acerca de lo que sucedió exactamente el 21 de agosto, y esto nos permitirá seguir procurando obtener el apoyo de nuestros aliados desde Europa a las Américas – desde Asia al Medio Oriente – quienes están de acuerdo con la necesidad de tomar acción.

 

Mientras tanto, les he ordenado a nuestras fuerzas armadas mantener su posición actual para seguir presionándole a Assad, y para estar preparados a responder si fracasara la diplomacia.  Y esta noche, nuevamente les doy las gracias a nuestras fuerzas armadas y sus familias por su fortaleza y sus sacrificios.

 

Compatriotas, por casi siete décadas, los Estados Unidos ha sido el ancla de la seguridad mundial.  Esto significa más que solo firmar acuerdos internacionales; significa hacer cumplir estos acuerdos.  Las cargas del liderazgo son a menudo pesadas, pero el mundo es un lugar mejor porque las hemos enfrentado. 

 

De este modo, a mis amigos de la derecha, les pido que reconcilien su compromiso con el poderío militar estadounidense si nos rehusamos a actuar cuando  nuestra causa es tan claramente justa.  A mis amigos de la izquierda, les pido que reconcilien su creencia en la libertad y la dignidad para todas las personas con esas imágenes de niños retorciéndose de dolor  y luego dejando de moverse en el piso frío de un hospital. Porque a veces, las resoluciones y las condenas no son suficientes.

 

Le pido a cada miembro del Congreso, y a ustedes en sus casas esta noche, que vean esos videos de los ataques y se pregunten: ¿En qué tipo de mundo viviremos si los Estados Unidos de América ve a un dictador que descaradamente quebranta el derecho internacionales utilizando gases venenosos y decide mirar hacia el otro lado? 

 

Franklin Roosevelt una vez dijo: “Nuestra determinación como nación de mantenernos fuera de las guerras y de los enredos en el extranjero no nos puede impedir sentir una profunda preocupación cuando se desafían los ideales y los principios que más valoramos.  Bueno, nuestros ideales y principios, así como nuestra seguridad nacional, están en juego en Siria, conjuntamente con nuestro liderazgo de un mundo en el que buscamos garantizar que nunca se utilicen las peores armas.

 

Estado Unidos no es el policía del mundo.  Suceden cosas terribles en todo el mundo, y está más allá de nuestras posibilidades corregir todos los males.  Pero cuando, con un esfuerzo modesto y con mínimo riesgo, podemos evitar que los niños mueran envenenados con gases tóxicos, y por consiguiente, hacer que nuestros propios hijos estén más seguros a largo plazo, creo que debemos actuar.  Eso es lo que hace diferente a los Estados Unidos.  Eso es lo que nos hace excepcionales.  Con humildad, pero con determinación, no perdamos de vista esa verdad esencial.  Gracias. Que Dios los bendiga.  Que Dios bendiga a los Estados Unidos de América.

FIN 9:17 P.M. EDT

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THE WHITE HOUSE

 

Office of the Press Secretary

____________________________________________________________________________________________________

For Immediate Release                                                           September 10, 2013

 

 

REMARKS BY THE PRESIDENT

IN ADDRESS TO THE NATION ON SYRIA

 

East Room

 

 

9:01 P.M. EDT

 

 

     THE PRESIDENT:  My fellow Americans, tonight I want to talk to you about Syria — why it matters, and where we go from here.

 

Over the past two years, what began as a series of peaceful protests against the repressive regime of Bashar al-Assad has turned into a brutal civil war.  Over 100,000 people have been killed.  Millions have fled the country.  In that time, America has worked with allies to provide humanitarian support, to help the moderate opposition, and to shape a political settlement.  But I have resisted calls for military action, because we cannot resolve someone else’s civil war through force, particularly after a decade of war in Iraq and Afghanistan.

 

The situation profoundly changed, though, on August 21st, when Assad’s government gassed to death over a thousand people, including hundreds of children.  The images from this massacre are sickening:  Men, women, children lying in rows, killed by poison gas.  Others foaming at the mouth, gasping for breath.  A father clutching his dead children, imploring them to get up and walk.  On that terrible night, the world saw in gruesome detail the terrible nature of chemical weapons, and why the overwhelming majority of humanity has declared them off-limits — a crime against humanity, and a violation of the laws of war.

 

This was not always the case.  In World War I, American GIs were among the many thousands killed by deadly gas in the trenches of Europe.  In World War II, the Nazis used gas to inflict the horror of the Holocaust.  Because these weapons can kill on a mass scale, with no distinction between soldier and infant, the civilized world has spent a century working to ban them.  And in 1997, the United States Senate overwhelmingly approved an international agreement prohibiting the use of chemical weapons, now joined by 189 governments that represent 98 percent of humanity.

 

On August 21st, these basic rules were violated, along with our sense of common humanity.  No one disputes that chemical weapons were used in Syria.  The world saw thousands of videos, cell phone pictures, and social media accounts from the attack, and humanitarian organizations told stories of hospitals packed with people who had symptoms of poison gas.

 

Moreover, we know the Assad regime was responsible.  In the days leading up to August 21st, we know that Assad’s chemical weapons personnel prepared for an attack near an area where they mix sarin gas.  They distributed gasmasks to their troops.  Then they fired rockets from a regime-controlled area into 11 neighborhoods that the regime has been trying to wipe clear of opposition forces.  Shortly after those rockets landed, the gas spread, and hospitals filled with the dying and the wounded.  We know senior figures in Assad’s military machine reviewed the results of the attack, and the regime increased their shelling of the same neighborhoods in the days that followed.  We’ve also studied samples of blood and hair from people at the site that tested positive for sarin.

 

When dictators commit atrocities, they depend upon the world to look the other way until those horrifying pictures fade from memory.  But these things happened.  The facts cannot be denied. The question now is what the United States of America, and the international community, is prepared to do about it.  Because what happened to those people — to those children — is not only a violation of international law, it’s also a danger to our security.

 

Let me explain why.  If we fail to act, the Assad regime will see no reason to stop using chemical weapons.  As the ban against these weapons erodes, other tyrants will have no reason to think twice about acquiring poison gas, and using them.  Over time, our troops would again face the prospect of chemical warfare on the battlefield.  And it could be easier for terrorist organizations to obtain these weapons, and to use them to attack civilians. 

 

If fighting spills beyond Syria’s borders, these weapons could threaten allies like Turkey, Jordan, and Israel.  And a failure to stand against the use of chemical weapons would weaken prohibitions against other weapons of mass destruction, and embolden Assad’s ally, Iran — which must decide whether to ignore international law by building a nuclear weapon, or to take a more peaceful path.

 

This is not a world we should accept.  This is what’s at stake.  And that is why, after careful deliberation, I determined that it is in the national security interests of the United States to respond to the Assad regime’s use of chemical weapons through a targeted military strike.  The purpose of this strike would be to deter Assad from using chemical weapons, to degrade his regime’s ability to use them, and to make clear to the world that we will not tolerate their use. 

 

That’s my judgment as Commander-in-Chief.  But I’m also the President of the world’s oldest constitutional democracy.  So even though I possess the authority to order military strikes, I believed it was right, in the absence of a direct or imminent threat to our security, to take this debate to Congress.  I believe our democracy is stronger when the President acts with the support of Congress.  And I believe that America acts more effectively abroad when we stand together. 

 

This is especially true after a decade that put more and more war-making power in the hands of the President, and more and more burdens on the shoulders of our troops, while sidelining the people’s representatives from the critical decisions about when we use force.

 

Now, I know that after the terrible toll of Iraq and Afghanistan, the idea of any military action, no matter how limited, is not going to be popular.  After all, I’ve spent four and a half years working to end wars, not to start them.  Our troops are out of Iraq.  Our troops are coming home from Afghanistan.  And I know Americans want all of us in Washington

— especially me — to concentrate on the task of building our nation here at home:  putting people back to work, educating our kids, growing our middle class.

 

It’s no wonder, then, that you’re asking hard questions.  So let me answer some of the most important questions that I’ve heard from members of Congress, and that I’ve read in letters that you’ve sent to me.

 

First, many of you have asked, won’t this put us on a slippery slope to another war?  One man wrote to me that we are “still recovering from our involvement in Iraq.”  A veteran put it more bluntly:  “This nation is sick and tired of war.”

 

My answer is simple:  I will not put American boots on the ground in Syria.  I will not pursue an open-ended action like Iraq or Afghanistan.  I will not pursue a prolonged air campaign like Libya or Kosovo.  This would be a targeted strike to achieve a clear objective:  deterring the use of chemical weapons, and degrading Assad’s capabilities.

 

Others have asked whether it’s worth acting if we don’t take out Assad.  As some members of Congress have said, there’s no point in simply doing a “pinprick” strike in Syria.

 

Let me make something clear:  The United States military doesn’t do pinpricks.  Even a limited strike will send a message to Assad that no other nation can deliver.  I don’t think we should remove another dictator with force — we learned from Iraq that doing so makes us responsible for all that comes next.  But a targeted strike can make Assad, or any other dictator, think twice before using chemical weapons.

 

Other questions involve the dangers of retaliation.  We don’t dismiss any threats, but the Assad regime does not have the ability to seriously threaten our military.  Any other retaliation they might seek is in line with threats that we face every day.  Neither Assad nor his allies have any interest in escalation that would lead to his demise.  And our ally, Israel, can defend itself with overwhelming force, as well as the unshakeable support of the United States of America.

 

Many of you have asked a broader question:  Why should we get involved at all in a place that’s so complicated, and where  — as one person wrote to me — “those who come after Assad may be enemies of human rights?”

 

It’s true that some of Assad’s opponents are extremists.  But al Qaeda will only draw strength in a more chaotic Syria if people there see the world doing nothing to prevent innocent civilians from being gassed to death.  The majority of the Syrian people — and the Syrian opposition we work with — just want to live in peace, with dignity and freedom.  And the day after any military action, we would redouble our efforts to achieve a political solution that strengthens those who reject the forces of tyranny and extremism.

 

Finally, many of you have asked:  Why not leave this to other countries, or seek solutions short of force?  As several people wrote to me, “We should not be the world’s policeman.”

 

I agree, and I have a deeply held preference for peaceful solutions.  Over the last two years, my administration has tried diplomacy and sanctions, warning and negotiations — but chemical weapons were still used by the Assad regime.

 

However, over the last few days, we’ve seen some encouraging signs.  In part because of the credible threat of U.S. military action, as well as constructive talks that I had with President Putin, the Russian government has indicated a willingness to join with the international community in pushing Assad to give up his chemical weapons.  The Assad regime has now admitted that it has these weapons, and even said they’d join the Chemical Weapons Convention, which prohibits their use. 

 

It’s too early to tell whether this offer will succeed, and any agreement must verify that the Assad regime keeps its commitments.  But this initiative has the potential to remove the threat of chemical weapons without the use of force, particularly because Russia is one of Assad’s strongest allies.

 

I have, therefore, asked the leaders of Congress to postpone a vote to authorize the use of force while we pursue this diplomatic path.  I’m sending Secretary of State John Kerry to meet his Russian counterpart on Thursday, and I will continue my own discussions with President Putin.  I’ve spoken to the leaders of two of our closest allies, France and the United Kingdom, and we will work together in consultation with Russia and China to put forward a resolution at the U.N. Security Council requiring Assad to give up his chemical weapons, and to ultimately destroy them under international control.  We’ll also give U.N. inspectors the opportunity to report their findings about what happened on August 21st.  And we will continue to rally support from allies from Europe to the Americas — from Asia to the Middle East — who agree on the need for action. 

 

Meanwhile, I’ve ordered our military to maintain their current posture to keep the pressure on Assad, and to be in a position to respond if diplomacy fails.  And tonight, I give thanks again to our military and their families for their incredible strength and sacrifices.

 

My fellow Americans, for nearly seven decades, the United States has been the anchor of global security.  This has meant doing more than forging international agreements — it has meant enforcing them.  The burdens of leadership are often heavy, but the world is a better place because we have borne them. 

 

And so, to my friends on the right, I ask you to reconcile your commitment to America’s military might with a failure to act when a cause is so plainly just.  To my friends on the left, I ask you to reconcile your belief in freedom and dignity for all people with those images of children writhing in pain, and going still on a cold hospital floor.  For sometimes resolutions and statements of condemnation are simply not enough.

 

Indeed, I’d ask every member of Congress, and those of you watching at home tonight, to view those videos of the attack, and then ask:  What kind of world will we live in if the United States of America sees a dictator brazenly violate international law with poison gas, and we choose to look the other way?

 

Franklin Roosevelt once said, “Our national determination to keep free of foreign wars and foreign entanglements cannot prevent us from feeling deep concern when ideals and principles that we have cherished are challenged.”  Our ideals and principles, as well as our national security, are at stake in Syria, along with our leadership of a world where we seek to ensure that the worst weapons will never be used.

 

America is not the world’s policeman.  Terrible things happen across the globe, and it is beyond our means to right every wrong.  But when, with modest effort and risk, we can stop children from being gassed to death, and thereby make our own children safer over the long run, I believe we should act.  That’s what makes America different.  That’s what makes us exceptional.  With humility, but with resolve, let us never lose sight of that essential truth.  Thank you.  God bless you.  And God bless the United States of America.

 

 

                        END                    9:17 P.M. EDT

 

Fuente: LA CASA BLANCA, Oficina del Secretario de Prensa

10 de Septiembre de 2013 

COMENTARIOS DEL PRESIDENTE DIRIGIDAS A LA NACION SOBRE SIRIA 

Salón del Este 

9:01 P.M. EDT

 

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