Capítulo 4: El Balcón Verona

“¡Jaaaiiii!”  – Le respondí su saludo. No con un corto “Hi” ni un largo “Hello” ni un rápido “Hola”, sino un Jaaaaiiiii, molesta pensé que así será como se saludan lo robots en los dibujos animados japoneses.

“I’m glad to see you. I was looking for you, but you left the office just after the meeting.  I would like you to team up with Peter to work on a proposal for our new food client. You know, the big food company. What do you think?”

Le respondí con una sonrisa triste porque me da lata trabajar con Peter  en una propuesta para un cliente que vende comida en latas y porque sé que voy a terminar enlatada en medio de tantas latas. Great!!

“I can do that!” – le respondí tratando de sostener mi sonrisa con dos imaginarios ganchos de colgar la ropa. Me miró profundamente como si quisiera decirme algo más, y yo con mi traje de ninja y sintiéndome tan solidaridad como una robot de los dibujos animados japoneses trataba de mantenerme en pie con mi posición número uno de Pilates.

“Estoy aprendiendo español”  – dijo lentamente como si quería que entendiera su proeza en hacerlo. “Quiero aprender español para conocer tu cultura” – dijo en tono serio queriendo mostrar que era real su interés.

Al escucharlo sentí como caían los dos ganchos de ropa que hasta ese momento diligentemente sostenían mi sonrisa y al recordar que cada vez que escucho esa frase solidaria, me hace sentir tan solitaria, como si fuera de otro mundo. Pero fiel a los consejos de mi sabia madre recuperé mis ganchos de ropa y estire lentamente mi sonrisa hasta lograr la sonrisa de una margarita.

“Maria Tey” – dijo mi nombre como suena en ingles y con su mirada verdosa, misteriosa y boscosa…- I like you. I like you very much”.

Lo miré esperando otra frase en español o más instrucciones de trabajo en su oficina móvil. Pero en ese momento la puerta del café se abrió y entró una mujer alta con unas piernas que le llegaban hasta la cintura, su cabello era suave y sedoso, su vestido pegado que mostraba las curvas perfectas y para mi sorpresa llevaba el bolso que Chabelita y yo hemos tenido en nuestra “Wish List” de Pinterest.

Respiré profundo al darme cuenta que era nada más y nada menos que la Chica Teflón, la mujer que nada, absolutamente nada le preocupa, ya que todo se le resbala. Al verme me preguntó lo que siempre me pregunta cuando nos vemos: “Hola, en qué andas”. Le respondí como lo hice la última vez que la vi en el Mall: “Ando en lo que ando, y tu en qué andas.”

Al escuchar mi respuesta se echó a reír tal vez porque mi saludo le sonaba familiar al que le di el día que estuve luchando durante toda la noche contra un monstruo de preocupaciones que se había apoderado de mis sueños.

Cuando nos encontramos, yo estaba con mis ojos tan cansados que parecían dos huevos fritos, mi cabello estaba tan destartalado que parecía un montón de lechuga y mis labios con un rojo carmín que había colocado apresuradamente antes de salir de la casa y que en vez de hacerme maquillar mi pálida fachada, lo que hizo fue darle el toque final para que mi rostro luciera como un verdadero plato de “Huevos Rancheros”.

Después del saludo, me miró y yo la miré tratando de constatar que su mirada era la misma que vi en el Mall; una mirada que refleja que la vida se le ha resbalado de sus manos gracias al teflón.”

Con una sonrisa medio falsa se acercó a Finn y le dio un beso. En ese momento sentí que mis ganchos invisibles de ropa no podían sostener más mi amigable sonrisa y sin esperanzas vi que mi sonrisa triste regresó a mi rostro al saber que La Chica Teflon, la que todo se le resbala, era la novia de Finn y que eso definitivamente era el fin de esta historia.

“Ya regreso” – dijo mostrando unas manos llena de diamantes – “ Me muero por tomar un café Latte” – y se alejó dejando una aroma de perfumes costosos. Recuperé mis ganchos invisibles de ropa y pude sostener una sonrisa optimista mientras recuperaba mi dignidad con la posición dos de Pilates, que es la que te da la flexibilidad de huir lentamente sin ser notada.   Finn viendo que me alejaba lentamente me tomó del brazo y me dijo como en un susurro:

¨Mary Tey” – y me miró con su mirada verdosa rodeada de boscosas cejas – “I just want to learn Spanish because I like you. I like you very much.”

Se alejó como si había visto un fantasma y yo me quedé sin baterías tratando de encontrar aire para llenar mis pulmones mientras tristemente los veía alejarse agarrados de las manos.

Asustada de que iba a ser interrogada por mis amigos, salí del café tal y como un fantasma. ¿Qué hago? ¿Qué hace? ¿Qué hacemos? Ese fue todo mi fin de semana tumbada en un sofá conjugando el verbo hacer y esperando que mi teléfono sonara. Llegó el lunes y esta Julieta cansada de esperar al Romeo que nunca llegó ni llamó, se subió las mangas, se quitó su traje de doncella abandonada y se fue a luchar por su vida y por el pan de cada día.

En la oficina pasé todo la semana en reuniones con Peter tratando de crear una campaña para la compañía enlatadora de alimentos. Pero más le aclaraba a Peter mi concepto de la mujer hispana de hoy, más se le oscurecía su mente. Yo le hablaba de la mujer independiente con poco tiempo para cocinar, él me hablaba de la mujer de la casa que puede participar en un concurso de recetas tradicionales de latas.  Para Peter es hora que las hispanas aprendamos a usar latas.

De verdad va a ser una lata decirle a mi madre que ha vivido toda su vida sin latas que tiene que participar en un concurso de latas. Mi semana fue una verdadera lata y era una verdadera lata sentirme ignorada por mi jefe que me estaba viendo como si yo fuera una lata.  Ni me miraba ni me hablaba y yo me la pasé esperando que me mirara y me hablara… y el “Día de San Valentín” llegó y se fue como si nada.

Sentada en mi cubículo pensando en la propuesta de latas me encontré recordando la historia de mi madre cuando fue a Verona a conocer el famoso  “Balcón de Julieta”

Mi madre cuenta que cuando vio el balcón se asomó con timidez, no sabe si seria por la emoción o por su inexplicable temor a las alturas, pero ella decidió medir la altura de la pared y descubrió que el tamaño del balcón y el grosor de la enredadera que Romeo utilizó para subir a ver a su amada Julieta no era tan alto.

Para mi madre a simple vista y eso que no sabe nada de construcción, determinó que Romeo pudo haber subido y bajado el balcón en un dos por tres, sin ningún tipo de ayuda. Pero analizando los números con mayor exactitud,  mi madre se dio cuenta que cualquiera pudo haber subido y bajado ese bendito balcón.

Mi madre verificó una vez más la altura y tristemente descubrió que el motivo por el cual su Romeo se dio por vencido tan fácilmente fue porque el balcón de su casa era muy alto.  Mi madre siempre me dice que ella nunca entendió por qué no fue suficiente la mirada perfecta o la sonrisa tímida ni tampoco las infinitas conversaciones que tuvo con su Romeo. Para mi madre su Romeo se dio por vencido solamente al ver el balcón de su casa.

Mi madre culpa al balcón, porque honestamente ni ella era tan fea ni él era tan indiferente. Reflexionando sobre el Romeo de mi madre y el mío, siento que ninguno de los dos encontraron la fuerza para inspirarse a seguir los pasos del famoso héroe veronés para conquistar a las Julietas tropicales que tan esperanzadas lo esperaban detrás del alto balcón o del cubículo.

De pronto mire a mi amiga Adriana sentada mi lado y conociendo su historia de amor, pensé que ella es otra que ha tenido  problemas con el balcón. Sonó mi móvil. Era un texto de mi madre que decía: A llorar ¨Oh, nooo, otra vez…¨

 

 

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