El viaje fue largo, cansada entré al apartamento y lentamente coloqué las maletas en el piso, me quité mis sandalias torturadoras, respiré profundo para sentir el olor de hogar que tanto extrañaba durante mi mes en México. 

Coloqué mi bolso en el perchero y al colgar las llaves en el llavero me encontré una nota de Chabelita: “Estoy cenando con Gustavo. Hablamos cuando regreses. Revisa tu correo, tienes un sobre muy interesante. Besos.”

De pronto sentí celos al saber que Chabelita estaba saliendo con Gustavo.

Gustavo era el hombre que me ofreció una amor seguro que no necesita traducciones y sin brújulas para navegar entre los dos mundos que vivimos en los Estados Unidos. Era el amor que surge de amigos, de familia, de risas y de historias entrelazadas de sueños, aventuras y vidas. Pero preferí irme por lo más difícil y aceptar a Finn, ya que no me sentía capaz para construir un amor del pasado con materiales del presente. Si tan solo le hubiese dado una oportunidad. Gustavo hizo todo lo posible e imposible para que lo viera con otros ojos y lamentablemente mis ojos miopes sólo lo vieron como un amigo. 

Refunfuñando de mi vida caminé hacia el comedor y encima de la mesa habían un montón de sobres y mientras los revisaba, pensaba que además de las cuentas por pagar, lavar mi ropa, hacer mercado, ponerme al día con los correos y llamar a mis padres, debía prepararme para enfrentar mi nueva vida con Finn y no tenía ni la menor idea como hacerlo. 

De pronto apareció un sobre color beige crema con letras doradas opacas que estaba dirigido a mi con el “Miss”, no con el “Miss” de los concursos de belleza sino el que formalmente solicita tu presencia porque para ellos tu eres una persona especial para invitar. 

Antes de abrir la invitación decidí tomar tiempo para observar el delicado material y el labrado ramo de rosas rojas y blancas con un lazo azul que elegantemente adornaba el membrete del sobre y en su parte posterior derecha tenia una dorada letra “D”. Al abrirlo, vi que era una invitación de los padres de Finn y esa “D” significaba la primera letra del apellido Dempsey. En la invitación en letra cursiva color dorado opaco decía en ingles:

Finn Oliver Dempsey III y Georgette Marie Dempsey tienen el gusto de invitar a “Maria de todos los Santos Monroe-Mota” a celebrar el 4 de julio en nuestro casa junto a nuestros amigos…

Entre líneas vi la hora y la reservación, pero al ver la dirección me dio una especie de pánico al reconocer el costoso lugar donde vive la familia de Finn.

Con la invitación en la mano camine hacia al espejo para ver si lo que sentía por dentro se reflejaba por fuera y asombrada vi que la “Maria Te” triunfadora, la segura y la que todo lo puede, parecía que la habían metido en la secadora de ropa sin haber leído las instrucciones en las etiquetas y se encogió. Definitivamente se achicó el traje de doncella que había ayudado a conquistar a mi príncipe azul y ahora mi traje se había vuelto como el de cenicienta, corto y lleno de dudas si realmente podía encontrar la tinta dorado opaco para escribir los nuevos capítulos de mi historia de amor.

Me tiré en el sofá a reflexionar sobre la razón de la dorada invitación y pensé que definitivamente Finn quiere que conozcan su a novia y de pronto me surgieron preguntas que seguramente le surgen a todas las mujeres, tales como que vestido llevar, maquillaje, sandalias, el cabello o el bolso; pero para mi, la mujer que muchas veces se ha sentido como la planta tropical que adorna estratégicamente la oficina, de pronto me encontré preguntándome si los padres de Finn me iban a ver como el capricho tropical de verano de su hijo o como la mujer que su hijo ama y que está lejos de ser la planta tropical que adorna una de sus mesas.

En ese momento recibí un mensaje de texto y era Finn preguntándome como me había ido en mi viaje de regreso de México e invitándome a cenar. Le respondí que me había ido bien, pero que  declinaba su invitación porque me encontraba muy cansada. 

De inmediato respondió en español. “Ok, mi amor” – De mis labios salió una mueca que discretamente simulaba una achicada sonrisa.

“Dios, en que me metí” – pensé mientras miraba que mi vida se había vuelto talla “S”.

Pasaron los días entre trabajo, Finn y decidiendo si los vestidos de boda servían para celebrar la independencia. Confundida le preguntaba a Finn y él solo me respondía que cualquier vestido me quedaba bien. Yo le respondía con una sonrisa corta al recordar el traje de camaleón que mi madre le ha tocado usar para poder vivir los dos mundos que enfrenta día a día. 

Llegó el día de la celebración de la independencia y sintiéndome más dependiente de la moda que nunca, decidí optar por un vestido color ciruela, sin mangas, Chiffón con una flor removible  que compré en el sitio de internet de Target y con unas sandalias doradas caminaba entre árboles perfectamente delineados hasta llegar a la puerta de entrada. 

La casa era una casa construida con la opulencia de los años veinte. Era una casa con historia de riqueza de familias y de negocios exitosos. Toque el timbre y la puerta la abrió un persona que seguramente era el mayordomo y amablemente me sonrió mientras me miraba como si sabía de mi porque había escuchado conversaciones de sus empleadores. Caminamos entre grandes pasillos, pasamos por una sala con mucha luz y con enormes puertas que daban a un patio con una piscina ovalada rodeada con mesas decoradas con el mismo adorno florar del membrete de la invitación. 

Me miré y me di cuenta que mi vestido de boda no era el correcto porque todas, incluyendo los hombres, estaban vestidos o uniformados con trajes de colores pasteles.

Me entró un deseo enorme de huir y decidí nerviosamente sonreír mientras ajustaba la flor del vestido y pensaba en el sencillo mundo de mis padres, de mis amigos y recordaba mis sueños de vivir en un mundo distante llenos de colores vivos lejos del mundo que estaba enfrente de mi y que solo había visto en las revistas de gente rica.

Pensando cuánto tiempo iba a durar mi sonrisa y que no me faltaba mucho para convertirme en una planta tropical, decidí acercarme al bar para tomar algo cuando vi a lo lejos a Finn junto a un grupo de amigos y amigas de su misma edad que mostraban con sus sonrisas, que además de celebrar la independencia del país, celebraban su independencia económica. 

Finn se detuvo, me miró, sus amigos me miraron como si sabían quien era yo y yo los mire como si no sabia quien eran ellos. 

Finn se acercó felizmente mostrando una amplia sonrisa,  tomo mi mano y en español me dijo: “Te ves bonita” – y susurrándome en mi oído me dijo en inglés que no podía esperar presentarme a sus padres. 

Mientras me llevaba a conocer a sus padres, nerviosa observaba que mis excesos laterales estaban en el lugar correcto y recordaba que debía caminar derecha, contener mi respiración para que la flor que adornaba mi vestido de boda no saliera volando como un objeto volador no identificado.

Su padre era un hombre tan alto como Finn, tenía un pantalón kaki y una camisa azul claro. Su madre lucía un vestido rosado pastel con unas sandalias del mismo color.

Me saludaron muy educadamente y como personas de pocas palabras y calladas sonrisas me hicieron las preguntas de rigor y antes de retirarse a saludar a otros invitados su madre me dijo que tenía un gran deseo en conocerme y que había escuchado mucho de mi. 

Temerosa le respondí con una sonrisa al aceptar su invitación a tomar el té uno de estos días.  

Su sencillez me hizo sentir bienvenida, pero  me alejé pensando en la habilidad de mi madre de mimetizarse como un camaleón y lo difícil que iba hacer para mi aprender a vivir entre el mundo mi mundo y el de Finn.

 

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