Conversando con la periodista, autora, conferencista y poeta mexicana Salud Ochoa Sánchez sobre su nuevo libro «Sobreviviente».

La escritora mexicana  Elpidia García  dice en el prólogo de este libro: 

Ecos de la Barranca

Conocí a Salud Ochoa en el encuentro de escritores Lunas de octubre del 2014, en La Paz Baja California. Ella presentaba su libro Lágrimas de barro, conformado por emotivos cuentos sobre los habitantes de la Sierra Tarahumara. Allí supimos de nuestras más recientes publicaciones y descubrimos que ambas somos chihuahuenses. Yo, de la frontera, y ella, de la capital del Estado. Desde entonces nos hemos seguido los pasos. Quizá porque compartimos esa dolorosa punción por intentar explicar, con nuestras ficciones, el fenómeno que devino en mortandad sin fin, con todas las consecuencias harto sabidas. Después de Lunas de octubre, hemos coincidido en otros encuentros, otros proyectos. Uno que recuerdo con agrado, es la invitación que me hizo a presentar su novela Flores de un paraíso perdido, en Ciudad Juárez y después en Xalapa. Obra que conmueve y estremece por exponer las adversidades que enfrenta un grupo de mujeres inmigrantes del sur de México para llegar a la frontera norte a bordo del tren llamado La Bestia. Más recientemente, colaboró con el cuento El alcatraz de invierno, en el libro Desierto en escarlata/cuentos criminales de Ciudad Juárez, publicado por Nitro/Press apenas este año. Caracteriza la escritura de Salud Ochoa esa versatilidad suya de fluir de un género a otro, quizá porque uno solo resulta insuficiente para expresarse. Así, nos ha entregado libros de cuento, poesía y novela, como la que tiene ahora usted en sus manos: Sobreviviente. En esta nueva obra, observamos un entramado de dualidades que transitan entre el mundo de los vivos y de los muertos. Dualidades en el sentido filosófico que deben encontrarse con su contraparte o su opuesto para revelar los misterios de su existencia o deceso. Así se encuentran y desencuentran Leonora y su hijo Joaquín, Montserrat, Martín, y otros personajes como Gabriel el alquimista, Isidro y Alfonso, en una urdimbre de relatos que salta del presente al pasado, de la vida a la muerte, del río al precipicio. No puedo evitar relacionar la estructura de la novela con Jano, el dios mitológico bifronte con sus dos caras opuestas, la que mira hacia adelante, y la otra, mirando hacia atrás. Destaco de estas voces del más allá, partes narradas por los muertos, en letra cursiva, la de Leonora, esposa de un borracho, quien muere a la orilla del río por su propia mano mientras da a luz sus hijos, uno, en vida; otro, post mórtem. Es Leonora una moderna Aura, entregada por Afrodita a Dioniso, de quien engendra dos hijos gemelos. Ésta, aún enloquecida por la diosa, los desgarra y se precipita al Río Sangario. Las similitudes con el mito resultan sorprendentes. 

La prosa poética de la que Salud se vale, lenifica la violencia de los relatos de los protagonistas y la adereza con imágenes y metáforas construidas a partir de recurrentes símbolos reconocibles en sus anteriores obras: mariposas, (a Tánatos se le representa en el arte con una mariposa en la mano), jardines, grillos, y flores en profusión: rosas, violetas, tulipanes, alcatraces. Los muertos de Sobreviviente, se manifiestan a los otros entre “estelas de color rosa pálido”, se entremezclan para cuestionar o reprochar sus acciones. Son esencias materia-espíritu opuestas, dualidades que “mantienen el balance terrenal: lo blanco y lo negro, el bien y el mal”, un debate filosófico que se mantiene hasta nuestros días tan aciagos. Interesa de estas historias no solo la destreza para contarlas con peripecias y una pulida prosa que se acerca tanto a la poesía, sino el verismo detrás: la enumeración de las violencias que enfrentan los pueblos empobrecidos de la Sierra Tarahumara, tema infrecuente en obras de ficción. Sus personajes son víctimas de la tragedia que les impone la miseria, la orfandad, la prostitución, el esclavismo de los narcotraficantes, las familias rotas, el alcoholismo y el aislamiento de la población con el resto del Estado. El mundo narrado es un ambiente agreste, donde hay un río y un pueblo del mismo nombre en el fondo de la barranca: Urique, además de los campos de amapola de Sinaloa. Las voces intercaladas de vivos y muertos logran que la lectura de Sobreviviente nos transporte a una especie de fascinación, una irrealidad cargada de muerte, para invitarnos a escuchar su grito de dolor y dirigir nuestra mirada a lo alto de la imponente Sierra Tarahumara, pero que también es rica en emociones y sentimientos de amistad, amor y desesperanza, narrados con un lenguaje directo y conciso, en la delicada y bella prosa de Salud Ochoa. 

 

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